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Toma sorpresa

Estábamos inmersos en la elaboración de un programa navideño en el que, mira tú qué originales, habíamos dispuesto que nuestra presentadora, cual hada madrina catódica, cumpliera los deseos de los invitados al especial (con "invitado" me refiero a cualquier persona que quisiera venir a la tele sin cobrar un duro). Los deseos se traducían en las típicas chorradas de fulanita te ayuda a encontrar el amor, fulanita te hace un cambio de look para que ligues más, fulanita te sorprende presentándote al famoso que idolatras.

Precisamente, tras las gestiones pertinentes, habíamos logrado que un conocido deportista (de segunda división pero, al fin y al cabo, conocido) viniera a dar una sorpresa a una chica que le admiraba profundamente como profesional... y como hombre, ya que el famosete en cuestión tenía en sus tiempos buena planta. Para la chica era un sueño conocerle y, supongo, olerle, tocarle y besarle. Estábamos orgullosos porque lo teníamos todo dispuesto, atado y cerrado y ella no tenía ni idea de la sorpresa que le aguardaba.

Pero la sorpresa nos la llevamos nosotros: Unas pocas horas antes del inicio del especial navideño la chica dice que no viene. Tensión, lamentos, sudores, qué hacemos. Como último intento de recuperar a la invitada, se le revela que el deportista viene a conocerla. Ni por ésas. Por lo visto la mamona de ella no tenía tantas ganas de vivir junto a él sus cinco minutos de gloria. Su sueño se convirtió en nuestra pesadilla ya que no teníamos tiempo para encontrar otra fan y tampoco podíamos echar atrás al famosete, ya que era uno de los platos fuertes del espacio. Para más inri estaba a punto de llegar a nuestras instalaciones.

¿Cómo resolver el entuerto? La directora dio con la solución: convenceríamos a otra invitada para que se convirtiera en acérrima admiradora del deportista. Sólo teníamos una posibilidad, ya que el resto de los asistentes eran hombres o mujeres que no estaban en edad de confesar que babeaban por un veinteañero musculoso. Nos las veíamos muy felices, pero de repente, otro obstáculo: La chica en cuestión no tenía ni pajolera idea de quién era el deportista, ni tan siquiera le sonaba el nombre. Menudo cuadro: nosotros explicándole que era un tío cachas (la incipiente barriga deslucía los músculos), simpático (más bien distante y altivo), agradable (egocéntrico diría yo), que tenía un palmarés alucinante a sus espaldas (en realidad apenas si tenía alguna victoria) y que, en cuanto le viera, quedaría tan encantada que se convertiría poco menos que en la fundadora de su club de fans. Eso sí, tenía que poner cara de sorpresa.

A todo esto, el famoso no sabía nada de lo que se estaba cociendo entre bambalinas y, de hecho, cegado por su ego, nunca ha sabido que esa chica le admiraba tanto como Aznar a Zapatero.

Llegado el momento de la emisión, nos mordíamos las uñas. La directora repetía sin cesar que algo así no podía salir bien. Los demás observamos expectantes el curso de los acontecimientos. Apenas podíamos contener la risa cuando la chica afirmó que llevaba años coleccionando todo tipo de recortes sobre el deportista.

Y entonces la presentadora presentó al impresentable. A la invitada se le veía tan sorprendida como a una ameba. Su rictus hubiera sido la envidia de la Duquesa de Alba. Se notaba a la legua que esa chica ni siquiera se sentía atraída físicamente por el deportista.
En contraposición a las imágenes, la presentadora no dejaba de recalcar la sorpresa que se había llevado. ¡Qué momento! En la memoria retengo el instante en que el deportista le firmó una pelota con una dedicatoria que rezaba "a mi mayor fan".

Os aconsejo que nunca creáis a pies juntillas nada de lo que veáis en la tele. Y es que la ficción es prácticamente lo único en la pequeña pantalla que no es falso.

¿Cómo terminó esta historia? El deportista, casado y con una hija recién nacida, se insinuó varias veces a su falsa admiradora. Había bajado del podio para compartir con ella cinco minutos. ¿Por qué no otorgarle otros cincos minutos de gloria?
01/05/2004 23:22 #. Hay 3 comentarios.

Ojos que no ven...

bowie.jpg...corazón que no siente. Es uno de mis refranes favoritos porque constituye un gajo de la esencia humana. No voy a elucubrar acerca de medias naranjas ni de naranjas de la China, pero si me gustaría comentar esa curiosa tendencia de las personas a saber y, a la vez, no creer. ¿Cuántas veces nuestro cerebro dice una cosa y nos tapamos los ojos para no verla? Voy más allá de los temas que nos afectan personal e íntimamente (infidelidades, engaños, etc.). Pongamos como ejemplo a una persona que recurre a los servicios amatorios de una prostituta oriunda del Este. Ese cliente sabe que hay un preocupante incremento del comercio de mujeres procedentes de países de Europa oriental y que muchas de ellas vienen engañadas, a la par que son obligadas a ejercer el oficio más viejo del mundo. Lo lee diariamente en el periódico, pero prefiere cerrar los ojos y abrir de par en par el dique del deseo. Opta por no creer, quiere pensar que su amante de quince minutos nada tiene que ver con la problemática antes referida. Y así va el mundo.

Perdón por ir a un caso tan extremo. Yendo a cuestiones más livianas, como es la televisión, ¿cuántas veces agitamos el brazo con incredulidad y disgusto y nos resistimos a creer las imágenes que ven nuestros ojos? Bah - decimos-, seguro eso que está contando es una trola. Muchos afirman rotundamente que los programas de testimonios contratan los servicios de actores profesionales para que narren desdichas inventadas por guionistas de escasa imaginación. No niego que se haya hecho, pero no es la tónica habitual, ni mucho menos. En cualquier caso, soltamos el "bah" con la boca pequeña, sin creer del todo que lo que vemos pueda ser mentira. Ahora bien, si efectivamente se demuestra la falsedad de los contenidos, nos sentiremos engañados, estafados, pediremos la retirada de ese mentidero televisivo. ¡Si ya lo sabíamos! ¿Por qué nos indignamos tanto? Porque saber no es creer.

¿Sabéis que muchas de las llamadas que aparecen en ciertos programas son falsas o, como mínimo, están pactadas? ¿Os habéis parado a pensar que en un concurso se puede dirigir las preguntas para que gane quien nosotros queramos? ¿Imaginabais que a no pocos tertulianos se les condiciona para ser más o menos vehementes en sus opiniones? ¿Se os había pasado por la cabeza que en algunos realities muchos acontecimientos se adaptan a los intereses de la dirección del espacio?

Pienso que la televisión hay que verla con cierta distancia, sin creer demasiado lo que nos muestran las imágenes. Confundir la imagen con la realidad puede llevarnos a engaños y decepciones. Yo sólo me creo la ficción.
03/05/2004 23:19 #. No hay comentarios. Comentar.

Miedo escénico

¿Sabíais que a veces los invitados a un talk show intentan escaparse en los minutos previos al comienzo el programa? No es lo más habitual, afortunadamente, pero algún caso ha habido. Me acuerdo de dos féminas adolescentes que experimentaron miedo escénico una hora antes de salir en antena. Estaban en los estudios de la cadena, maquilladas y preparadas para entrar en el plató. No acierto a recordar lo que iban a contar, pero debía de ser comprometido, porque les entró una cagalera de espanto: tomaron los abrigos y, a espaldas de las azafatas, se deslizaron sigilosamente al exterior de la cadena. La redactora que las había traído descubrió la gran evasión e inmediatamente fue tras ellas. Al salir a la calle y otear el horizonte, observó dos pares de pies semiocultos tras un seto. Se acercó hasta allí, les soltó una buena reprimenda (la redactora en cuestión es todo un carácter) y les obligó a volver a la sala de invitados. Al final, las adolescentes aparecieron. Como hay Dios.

Recientemente volvió a darse una situación análoga, aunque la tensión fue mucho mayor. Más adelante os la contaré.
14/05/2004 17:18 #. Hay 6 comentarios.


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